Por tercera vez llega a los escenarios caraqueños, ya consolidada como un clásico en toda línea, la afamada comedia dramática cubana, Fresa y chocolate, una propuesta que comenzó en 1990 como el relato corto El lobo, el bosque y el hombre nuevo que le mereció a Senel Paz el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo. En 1994 el mismo autor configuró una versión cinematográfica que cristalizó en el largometraje de ficción más relevante del séptimo arte cubano.
Hasta la fecha, Fresa y chocolate es la única película cubana en entrar en las nominaciones a los premios Óscar y obtuvo el reconocimiento especial del Jurado en el Festival de Berlín. Fue profeta en su tierra al llevarse ocho premios en el festival de La Habana entre los que se cuentan el Gran Premio Coral a Mejor Película y los lauros a la mejor dirección, compartida entre Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío; mejor actriz de reparto para Mirtha Ibarra; el premio del público y el de mejor actor principal para Jorge Perugorría, cuya fama se catapultó a escala internacional por su interpretación de Diego “el maricón” de la historia.
En nuestro país el montaje del Grupo Actoral 80 (GA80), una versión modificada de otra adaptación de Senel Paz, que se preparó para el Festival de Teatro de Caracas (2014) se llevó el Premio Municipal Rodolfo Santana a la mejor dirección para Héctor Manrique y el de mejor actor para Daniel Rodríguez.
La misma agrupación tuvo otra temporada de esta obra en 2017 en el Teatro Chacao y en esta oportunidad se puede ver en el Trasnocho Cultural con funciones los días viernes y sábados a las 6:00 p. m., y los domingos a las 5:00 p. m.
Por qué verla
Una de las principales razones para ver Fresa y chocolate, como dijimos al principio, es por su condición de clásico, entendido como la creación artística que a 36 años de su aparición, primero en papel, no solamente se mantiene vigente para las generaciones recientes, sino que además dice cosas nuevas a las audiencias que se acercaron a ella en un primer momento.
La obra original está anclada en la Cuba de la década de los 70 del siglo pasado, donde se contextualiza un conflicto universal representado en la relación entre el joven dogmático y revolucionario David y el librepensador Diego. No obstante, en la actualidad ya no se trata solo del trato del conflicto que tenía la ideología comunista con la homosexualidad, sino de la capacidad humana de abrazar al que piensa distinto. Aquel simbólico y potente abrazo final de la película entre dos personas con diferencias insalvables, se convierte en nuestro contexto actual en un símbolo cultural que va más allá de la trama.
Si bien la película es la que le dio la fama mundial a la historia, el escenario teatral le borra la posible fecha de caducidad a la trama. Mientras que la versión de la gran pantalla congela en 1993 los rostros y la situación entre Jorge Perugorría y Vladimir Cruz, el teatro permite que la historia respire nuevos aires y se adapte a las tensiones actuales.
En su momento el filme dirigido por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío provocó una especie de bigbang cultural que rompió desde el séptimo arte y en un crudo lenguaje tan realista como político el tabú de la homofobia en la Cuba revolucionaria, al mismo tiempo que dejaba un registro histórico en la estética de los 70, determinada por el aspecto de las calles de La Habana que sirvió de iluminación y marco al abrazo entre ambos protagonistas como símbolo de la reconciliación imposible de la época.
Ahora, la versión teatral en el montaje del GA80, si bien mantiene parte de la postal cubana con algunos recursos escenográficos, la puesta en escena potencia el tema de la intolerancia universal y la urgencia de transformar las heridas provocadas por las diferencias en un sanador encuentro y en la indispensable reconciliación para un futuro armónico.
En esta nueva temporada repite Daniel Rodríguez en el rol de David, el joven fiel a pies juntillas a las directrices del Partido Comunista Cubano, mientras que la interpretación de Diego, el intelectual homosexual, recae sobre Jesús Das Merces. Los acompaña Adolfo Nittoli como Miguel, un personaje que agudiza la tensión dramática con su fiscalización política.
Apoyados por una producción de alta calidad, el equipo de actores ejecuta con destreza una coreografía orientada a transformar de manera sencilla y efectiva el escenario que complementa el discurso, para transformarlo en la célebre heladería Coppelia, en la calle donde Miguel interpela a David y en el apartamento de Diego, “magia” que se apoya también en la iluminación de José Jiménez
Tal vez la única mácula por parte del elenco, que no enturbia para nada ni el entretenimiento, ni la invitación a la reflexión propuesta en el montaje, es la dificultad de imitar el acento cubano. En una observación detallada se nota la dificultad de conseguir características fonéticas como por ejemplo la asimilación de la “r” por la consonante siguiente en las palabras correspondientes (“ved-da” en lugar de “verdad”, por ejemplo). Y en el caso de Nittoli, que logra un personaje fuerte y de gran peso con puntuales apariciones, ni siquiera se molesta en imitar el acento.
Sobre eso y mucho más importante es la pericia interpretativa del elenco que potencia por igual tanto las múltiples situaciones humorísticas capaces de provocar carcajadas en la audiencia, como las fuertes escenas de violencia generadoras de murmullos y gestos sonoros de dolor.
